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22 julio, 2020

Relato de la cuarentena: Un hombre y su revolver

Como parte de la serie Relatos e imágenes de la cuarentena, proyecto coordinado por la Editorial Universitaria de la UANL y Tresnubes Ediciones, publicamos un relato Gabriel Almaguer, con fotografía de Andrea Gonbelt.

Por: Guillermo Jaramillo   Fotografía: Andrea Gonbelt

Un hombre y su revolver se hacen compañía. Así aguardan el fin del mundo, donde los ciudadanos son capaces de infringir dolor en los otros para hacerse de comida chatarra.

En Lata de atún, Gabriel Almaguer relata lo bien que le sienta la cuarentena. Alejado de todos, familia, amistades, oficina, mantenerse a distancia de la sociedad en general es manía.

Pero un día, uno cualquiera, obligado a abastecer la alacena, es testigo de una paliza a una anciana. Ante la estrambótica escena en el centro comercial, tomar por compañía un arma cargada en la nueva normalidad es la norma.

Narrado con recursos confesionales, el texto viene acompañado de una pintoresca fotografía de Andrea Gonbelt, que recuerda la tragicomedia que se vive día a día durante la pandemia.

El texto está contenido en la serie de “Relatos e imágenes de la cuarentena”, que llega a su novena entrega como un proyecto artístico hermanado a la tarea universitaria de hacer, difundir y cultivar la semilla del arte y la cultura.

Coeditado por Tresnubes Ediciones y la Casa Universitaria del Libro, es claro ejemplo del papel formador y de acompañamiento que asume la UANL ante la pandemia.

Lata de atún

Gabriel Almaguer

Eso del distanciamiento social, aislamiento o cuarentena no era un problema para mí. Por naturaleza siempre había sido un sedentario. Puedo admitir, sin ninguna pena, que siempre me había sentido más cómodo con la gente lejos de mí, incluyendo a mi propia familia. Lo sé, no es normal, pero hace años que aprendí a aceptarme como lo que soy; un solitario.

Así que los primeros siete días no hice nada que no hiciera en un día normal; atendía mis pendientes, escribía, leía uno de los libros que tenía apilados en el librero, etc. No ponía especial atención en las noticias, nunca lo hacía, no veía el caso empezar a hacerlo en aquel momento.

2

Fue cuando entramos a la fase 2 que empecé a ver las cosas de forma diferente, y no precisamente por pasar encerrado alrededor de veinte horas diarias, más bien, fue lo que empecé a vivir cuando tenía que salir de mi cueva para comprar los víveres necesarios para poder sobrevivir por lo menos una semana.

En uno de esos viajes vi a doña “G”, venerable anciana y vecina mía, desde hacia más de veinte y cinco años, pelear con un joven por una lata de atún. El joven la mandó al suelo de un certero golpe en pleno rostro y nadie (incluyéndome a mí) hizo absolutamente nada.

No pude evitar preguntarme; ¿si la situación fuera diferente, alguien habría hecho algo al respecto?, ¿el instinto de supervivencia puede ser más fuerte que nuestros valores, sentido común, raciocinio y educación?, ¿podría llegar a matar por una lata de atún?

Y lo más inquietante fueron las respuestas que disparó mi cabeza a aquellas interrogantes. No sé hasta donde llegaremos con todo esto, ni cuánto durara. Yo sigo acá, en mi casa, tranquilo y con mi revolver calibre.22 listo y a no más de un metro de mí las veinticuatro horas del día.

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