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5 agosto, 2020

Relato de la cuarentena: La soledad acompañada del espacio íntimo

La monotonía se vuelve creatividad en La cuarentena es siempre un mismo día, que la Universidad Autónoma de Nuevo León entrega en la serie Relatos e imágenes de la cuarentena, esfuerzo en conjunto entre la Editorial Universitaria y Tresnubes Ediciones.

Por: Guillermo Jaramillo  

En tierras tropicales, una mujer habita la casa en el silencio que deja el COVID-19. Entre esos muros, anda, reflexiona.

En La cuarentena es siempre un mismo día, perteneciente a la octava entrega de Relatos e imágenes de la cuarentena, tenemos un texto sobre la soledad acompañada del espacio íntimo, el jardín personal.

Conviviendo con otros escenarios no menos atroces como escenas de una niña migrante prendida al pecho sangrante de su madre, el calentamiento global que asfixia, actos que denotan el colapso y resurrección del capitalismo; los días se suceden al igual que las manecillas avanzan en el viejo reloj de la casa.

Con imagen de Marilú Martínez Rodríguez, en esta soledad ilusoria la autora se reencuentra consigo misma. Es ahí donde se reconoce como una figura más entre ese gran número de personas combatiendo día a día por mantener la cordura dentro de este mundo de locos.

La cuarentena es siempre un mismo día

Nora Elisa Villagómez

En una de las paredes de mi departamento descansa un reloj de péndulo que parece funcionar, lo hace cumpliendo con éxito el movimiento de los engranajes. No hay duda, su trabajo está hecho, sin embargo, la lógica que descansa en el sentido de su tic tac se averió.

No hay sorpresas como en el pasado, solo un vacío que se extiende dentro y fuera de mi cuerpo entumido, súbitamente ralentizado. Que alguien le diga a Rubén Blades que la vida ya no te da sorpresas, sorpresas ya no te da la vida.

Salir al jardín a las 4 de la tarde es exponerse al calor bochornoso y agobiante de la primavera tropical. Hemos convenido, los inquilinos cotidianos que me habitan y yo, salir a las seis treinta cuando el ocaso extiende sus últimos claros rojizos.

Cierro un libro y busco otro que me acompañe a la vieja banca en uno de los extremos del jardín, una llanura más parecida a un páramo, con apenas algunas plantitas aisladas.

Sobre la línea del horizonte fluyen ideas fragmentadas de lo que se escucha desde hace dos meses cuando todo inició, colapso económico, la industria, el capital, el neoliberalismo, la globalización, son abstracciones que no me dicen nada.

Tengo café y pan esta noche, mañana quién sabe: un retortijón en el vientre. Eso dice mucho. Hay cosas que hablan y me dicen más que el reportaje en el noticiero o la columna periodística del medio nacional.

No hay frase más certera y contundente que los pequeños pies de una niña sobre el sucio piso áspero. O el brazo golpeado de un bebé por un ataque de pánico, su madre no tiene gota de leche y los dientecitos que asoman solo succionan sangre de los pezones flácidos.

Y aún eso es parte del día, del mismo día.

El fin de la jornada se acerca, mañana será de nuevo el mismo día, una y otra vez. Soy Phil Connors en algún lado B de Groundhog Day, despierto a las seis de la mañana en un paralelismo inverso de Punxsutawney Pennsylvania.

Allá caerá una tormenta de nieve, aquí, al este de una municipalidad cercana a la capital tabasqueña, el calor infernal asienta con determinación los discursos científicos del calentamiento global.

No me matará el virus, ni los cuarenta y cinco de sensación térmica, lo harán ambos porque se hayan adheridos a los días, a los objetos y a sus funciones monótonas. El vacío líquido llena las mañanas y se evapora por la tarde sin terminar de subir a la atmósfera.

Permanece en el aire, durante la noche se ha convertido en hastío. No hay nada que importe y para sobrellevar el hartazgo, encuentro nuevas dolencias en mi cuerpo repentinamente desconocido o hallazgos dermatológicos en una piel nueva, la mía.

He encontrado en mis ojos una mirada nueva que se descubre a sí misma existiendo y solo a través de su existencia se hace posible el descubrimiento.

En los otros, el mismo reconocimiento como una cadena infinita de figuras geométricas perfectamente estructuradas. Soy una figura en el fractal del universo hasta que desaparezco por la noche.

Y despierto otra vez en el mismo escenario para repetir una a una las minucias en este encierro. De nuevo, el mismo día. De nuevo.

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