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10 junio, 2020

Relato de la cuarentena: Amor en tiempos de coronavirus

Como parte de la serie Relatos e imágenes de la cuarentena, proyecto coordinado por la Editorial Universitaria de la UANL y Tresnubes Ediciones, publicamos un relato en coautoría de Hugo Esteve Díaz y Luz María Delgado, una reflexión ante COVID-19.

Por: Guillermo Jaramillo  

Una pareja es el mejor muro para detener la epidemia del odio, la ignorancia y las bajas pasiones que mantienen este mundo entre la angustia y un olor a muerte.

A través de Amor en tiempos de coronavirus, Hugo Esteve Díaz y Luz María Delgado entregan un relato que llama a la reflexión sobre qué fuimos, qué somos y qué queremos o debemos ser como sociedad ante esta pandemia.

Conscientes de que ya nada será igual, la pareja -con 41 años de casados- observa cómo el tiempo y su carga semántica lo toca todo, nada le es ajeno, lo modifica.

Si bien, en todo ser humano existe esa etapa en la adolescencia en donde se quisiera meter a fondo el pedal de las velocidades. Que los soles y lunas avanzaran de prisa, es en la tercera edad donde los habitantes desearían detener el tiempo, el tiempo de estar con los suyos.

Acompañado de un dibujo del artista Luis Frías Leal, Amor en tiempos de coronavirus es eso, una pequeña pero enorme muestra de amor filial hacia la humanidad, hacia la pareja, hacia el hijo y los nietos que esperan un día volver a besar esos párpados, palmear la espalda familiar.

Relato de la cuarentena: Amor en tiempos de coronavirus
Relato de la cuarentena: Amor en tiempos de coronavirus

Si bien el ser humano es una mota de polvo flotando en algún universo, nuestra capacidad y voluntad de transformar en realidad lo que soñamos nos hace trabajar la palabra, la imagen viva de la esperanza por un mundo donde la naturaleza vuelva a confiar en el animal más peligroso que deambula sobre la tierra: nosotros.

Amor en tiempos de coronavirus

Hugo Esteve Díaz y Luz María Delgado

Hay una etapa de nuestra vida en la que queremos que el tiempo pase de prisa. Incluso buscamos la forma en cómo adelantarlo, o al menos en cómo adelantarnos nosotros al tiempo.

Es una etapa en la que nos urge crecer lo más rápido posible, aunque ello no implique —la mayoría de las veces— una maduración. Queremos que el tiempo avance rápido porque ansiamos la libertad. Libertad para hacer, para tener, para opinar, para experimentar y para amar.

Por ello es común que en esa etapa hacemos, tenemos, opinamos, experimentamos y amamos de manera equivocada. Cometemos muchos errores, algunos incluso irreparables. Errores a fin de cuentas que van forjando nuestra madurez cuando somos capaces de aprender de ellos. Porque la palabra éxito se encuentra después de la palabra fracaso, en el diccionario de la vida.

Pero llega otra etapa de nuestra existencia en la que buscamos lo contrario: que el tiempo no pase, o al menos no tan de prisa. En lo particular, esa etapa la empezamos a experimentar cuando tuvimos conciencia de que nuestros hijos iban creciendo. Es entonces cuando uno quisiera detener el tiempo ¿no es cierto? Pero cuando uno acuerda, los hijos ya están casados y la casa se empieza a llenar de nietos (al menos en nuestro caso).

Y aquí estamos luego de más cuarenta años juntos, cuarenta y uno, para ser exactos. No solo tratando de pasar el tiempo; sino, sobre todo, de alargar el tiempo. La experiencia de este confinamiento muy bien la podemos considerar como un adelanto de lo que será nuestra vida durante una próxima jubilación… y por el resto que duren nuestras vidas.

Solo que a este momento le falta un ingrediente vital, en gran parte el motivo y esencia para continuar viviendo: la cercana convivencia con nuestros hijos y nietos, a los que tanto amamos y que tanta falta nos hacen.

Pero, ¿por qué surgió esta epidemia? Es la pregunta que nos hacemos. La respuesta más confortante que hemos encontrado es porque de ese mal surgirá un bien mayor. O al menos así habría de ser.

Creemos que esta epidemia ha surgido como el resultado de nuestras propias decisiones. Porque es evidente que algo no hemos hecho bien con el cuidado de la naturaleza como para que surja un virus tan mortal como el Covid-19. Por ello, de algún modo, la naturaleza ha reaccionado y se hace escuchar. Es el momento en el que la Madre Tierra habla y se defiende.

Acaso, solo tal vez, este mal ha surgido como una forma de hacerle ver al hombre cuán pequeño y débil es, a pesar de su inteligencia, de su poder, de su dinero, de su progreso y, al final, de su soberbia. Quizá sea, también, una forma de que el hombre voltee a ver su propio rostro y reflexione sobre lo que ha hecho con la naturaleza y con sus semejantes.

A lo mejor —¿por qué no? — se trata de una señal sobre el fin de los tiempos, pero no necesariamente del fin del mundo en un sentido apocalíptico o catastrofista, sino el de nuestro propio tiempo y lo cercano que estamos cada uno de nosotros de la posibilidad de la muerte.

Queda visto que de nada sirven las armas, el poder, el dinero, la tecnología y los muros, para hacerle frente a una epidemia tan letal, como creo que nunca se había visto en la historia del hombre. Por ejemplo, en Estados Unidos —el país más poderoso del mundo— se registran hasta ahora más de 30 mil muertes y el panorama es desolador. Ningún atentado terrorista le ha provocado tantas muertes como esta epidemia, y no existen muros que la detenga.

En un panorama en el que la contabilidad de las muertes parece no detenerse, en el que la muerte acecha como fiera hambrienta todos los días, es muy fácil que nos invada el miedo, sería inútil negarlo. El miedo es, a fin de cuentas, un instinto que nos alerta del peligro y nos permite la sobrevivencia. Pero hemos reflexionado que tal vez existe una diferencia entre el miedo y el temor. Es posible que el miedo —llevado al extremo del pánico— es el que paraliza y obstruye la toma de decisiones.

Y lo contrario, la ausencia del miedo, nos conduce a la imprudencia y nos expone al peligro. En cambio, el temor sea acaso una virtud que nos permite actuar de manera sensata, un sentimiento que nos lleva a enfrentar de manera juiciosa nuestras amenazas. Mientras que el miedo paraliza, el temor nos permite actuar. Al menos esa es la forma en cómo estamos enfrentando nuestros miedos.

Porque fue el miedo el que nos llevó a confinarnos desde mediados del mes de marzo, semanas antes de que se generalizara esta práctica. Formar parte de la llamada tercera edad nos ubica en uno de los segmentos más vulnerables por el Covid-19, a pesar de nuestro historial clínico que se podría considerar, en términos generales, como saludable.

Tal vez no meditamos mucho las consecuencias de convivir juntos en un sentido estricto las 24 horas del día y durante tanto tiempo, con todo y nuestros 41 años de vida conyugal. Tampoco fijamos reglas ni condiciones, en todo caso confiamos más en el sentido común de cada quien. Y ahora, a más 30 días de convivir solos todo el santo día, se puede decir que el saldo ha sido blanco.

Mucho ha ayudado, desde luego, el tiempo que cada uno le dedicamos a nuestras propias actividades profesionales y a las ocupaciones personales de cada quien. Hemos aprendido a repartirnos las tareas de la casa, a apoyarnos en las actividades laborales y a respetar los ocios particulares.

Coincidimos en que confinarse no es lo mismo que aislarse. Lo primero es protegerse y ayudarse. Lo segundo sería cerrarse, separarse. No habría nada más dañino para el espíritu que una casa infectada por el aislamiento, en la que sus habitantes se desconectaran unos de otros. El papá zapeando la tele, los hijos en sus cuartos pegados a la tablet y la mamá cocinando.

Este difícil momento es también una oportunidad para revalorar nuestras formas de comunicación, de convivencia y de colaboración. Aprovechemos esta adversidad como una ocasión para reencontrarse y reconocerse el uno al otro, para valorar lo que —pero, sobre todo— a quienes tenemos más próximos, palabra que nos remite al concepto más apropiado del prójimo.

De modo que este inusitado momento se nos presenta para nosotros como una oportunidad para aprender a vivir de la manera en cómo será el tiempo que nos quede por delante. O para decirlo parafraseando al Gabo, estamos aprendiendo a amar en tiempos de coronavirus.

Monterrey, NL, 16 de abril de 2020

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